3.2. De los profetas y de la posesión

SEGURAMENTE, el lector notó un salto profundo en mi anterior razonamiento sobre los oráculos. Al paradigma bicameral general lo he llamado vestigio de la mente bicameral. Y sin embargo, el estado de trance de la conciencia estrechada o ausente no es, al menos a partir del cuarto término o paso oracular, un duplicado de la mente bicameral. En vez de eso, para el resto de la existencia de los oráculos se presenta una dominación absoluta de la persona y de su habla por parte del lado-dios, una dominación que habla por boca de la persona, pero que no le permite recordar después lo que ha ocurrido. A este fenómeno se le conoce con el nombre de posesión.

El problema que significa no está circunscrito a los remotos oráculos; ocurre en nuestros días y ha ocurrido a lo largo de la historia. Adopta una forma negatoria que parece haber sido una de las enfermedades más comunes en la Galilea del Nuevo Testamento. Y podría sostenerse con buena base que cuando menos algunos de los profetas vagabundos de Mesopotamia, Israel, Grecia y de otras partes no simplemente transmitían o comunicaban algo que oían en alucinación; más bien el mensaje divino llegaba directamente al aparato vocal del profeta sin cognición de “su” parte durante el tiempo que hablaba ni tampoco memoria o recuerdo posterior de ello. Y si a esto lo llamamos pérdida de la conciencia (y así lo llamaré) tendremos un enunciado muy problemático. ¿No será posible decir también que no se trata de una pérdida de la conciencia sino de su sustitución por una conciencia nueva y diferente? Y esto, ¿qué significaría? ¿O es que esa organización lingüística que habla a través de la persona supuestamente poseída no está consciente en absoluto en el sentido de narratizar en un espacio mental como el que describimos en I.2?

Estas preguntas no se resuelven mediante respuestas simples. El hecho de que podemos considerar a la posesión por esencias metafísicas como una insensatez ontológica, no debe impedirnos ver las interioridades psicológicas e históricas que el examen de tales idiosincrasias de la historia y de la fe puedan darnos. Indudablemente, cualquier teoría sobre la conciencia y su origen en el tiempo debe enfrentar tales vaguedades o imprecisiones; y yo digo que la teoría sostenida en esta obra es una mejor antorcha para conocer esos rincones oscuros del tiempo y de la mente que cualquier otra teoría. Porque si seguimos apegándonos a una evolución puramente biológica de la conciencia que se remonte a los vertebrados inferiores, ¿cómo podremos enfocar estos fenómenos o empezar siquiera a entender su índole histórica y culturalmente segregada? Sólo podremos encarar estas cuestiones si admitimos que la conciencia es algo aprendido en el seno de un imperativo cognoscitivo colectivo. …