2.3. Las causas de la conciencia

UN ANTIGUO proverbio sumerio ha sido traducido como “Obra prontamente, haz feliz a tu dios”.1 Si por un momento nos olvidamos de que estas ricas palabras en nuestro idioma no son más que un sondeo aproximado de una cosa sumeria poco accesible, podríamos decir que esta curiosa exigencia presiona sobre nuestra mentalidad subjetiva como diciendo “No pienses: no dejes que haya tiempo entre oír tu voz bicameral y hacer lo que te ordena”.

Esto fue muy bueno en una organización jerárquica estable, donde las voces eran las partes siempre correctas y esenciales de esa jerarquía, donde las órdenes divinas de la vida estaban envueltas y ceñidas con un ritual inalterable, no afectado por ninguna gran perturbación social. Empero, en el segundo milenio a.C. no sería siempre así. Sus hechos centrales fueron catástrofes, migraciones de naciones, guerras. El caos empañó el brillo sacro del mundo inconsciente. Las jerarquías se desplomaron. Y entre el acto y su divina fuente se presentó la sombra, la pausa profanadora, el terrible relajamiento que hizo que los dioses se volvieran celosos, infelices, recriminadores. Hasta que, finalmente, el rechazo de su tiranía se llevó a cabo merced a la invención, en las bases mismas del lenguaje, de un espacio análogo con un “yo” análogo. Habían sido quebrantadas las estructuras tan cuidadosamente edificadas de la mente bicameral, desembocando en la conciencia.

Tales son los temas dominantes de este capítulo.

La inestabilidad de los reinos bicamerales

En el mundo contemporáneo, asociamos los gobiernos autoritariamente rígidos con el militarismo y la represión policiaca. Esta asociación no debe aplicarse a los Estados autoritarios de la era bicameral. El militarismo, la policía, el gobierno por el temor, todo esto son las medidas desesperadas que se han aplicado para gobernar un pueblo inquieto, consciente y subjetivo que sufre crisis de identidad y que está dividido entre sus intimidades multitudinarias de esperanzas y odios.

En la era bicameral, la mente bicameral era el control social, no el miedo o la represión y ni siquiera la ley. No había ambiciones privadas, codicias privadas, frustraciones privadas ni nada privado, puesto que el hombre bicameral no tenía “espacio” interior en el cual ser privado, ni “yo” análogo con el cual serlo. Toda la iniciativa estaba en las voces de los dioses, y los dioses sólo necesitaron la ayuda de sus leyes divinamente dictadas en las tardías federaciones de Estados del segundo milenio a.C.

Así pues, dentro de cada Estado bicameral probablemente el pueblo era más pacífico y amigable que en ninguna civilización posterior. Pero en las interfaces entre distintas civilizaciones bicamerales había problemas complejos y muy distintos.

Consideremos un encuentro entre dos individuos de dos culturas bicamerales distintas. Supongamos que no conocen el lenguaje del otro y que son propiedad de diversos dioses. El temor de estos encuentros dependería del tipo de admoniciones, advertencias y exigencias con que cada individuo hubiera sido criado. …