2.5. La conciencia intelectual de Grecia

LAS HAN llamado las invasiones dóricas, y los clasicistas nos dirán que también podrían llamarse cualquier cosa o todo: así de escaso es nuestro conocimiento, y oscuras son estas profundidades particulares del pasado. Pero sucesiones ininterrumpidas en diseños de alfarería de un sitio arqueológico a otro encienden algunas luces en esta vasta y silenciosa oscuridad, y revelan, en su brillo mortecino, los enormes bordes dentados de sucesiones complejas de migraciones y desplazamientos que duraron de 1200 a 1000 a.C.1 Esto es un hecho.

Lo demás son inferencias. Ni siquiera está claro quiénes fueron los llamados dorios. En un capítulo anterior indiqué que el comienzo de todo este caos pudo haber sido la erupción de Thera y sus consecuencias. Tucídides, situado en el borde último de una tradición oral, describe esto diciendo que “las migraciones eran frecuentes y que las diversas tribus abandonaban con presteza sus hogares ante la presión de números superiores”. Palacios y aldeas que en un tiempo rindieron lealtad a Agamenón y sus dioses, fueron saqueados e incendiados por otros pueblos bicamerales que, obedeciendo a sus propias visiones admonitorias, probablemente no se podían comunicar ni tener piedad por los naturales. Los sobrevivientes quedaban como esclavos o se iban como refugiados, y estos refugiados conquistaban o morían. Nuestras grandes certidumbres son negativas. Pese a lo mucho que el mundo micénico había producido con tan notable uniformidad en todas partes — la pesada arquitectura de piedra de sus palacios y fortificaciones que los dioses habían ordenado edificar, sus ondulantes frescos de delicada claridad, sus columnas-tumbas con su exquisito contenido, el plano megárico de sus casas, los ídolos y figurillas de terracota, las mascarillas de oro forjado, los trabajos de bronce y marfil y su alfarería distintiva —, todo ello se detuvo, y jamás volvió a conocerse.

Estas ruinas serían la tierra amarga en que crecería en Grecia la conciencia subjetiva. Es muy distinto de la forma en que las enormes ciudades asirias, movidas por su propio impulso, entraron casi a tientas en una conciencia en que los demonios eran señores. En contraste, el de Micenas había sido un sistema disperso de pequeñas ciudades, gobernadas divinamente. El desplome de la mente bicameral produjo una dispersión aún mayor en el desmembramiento de toda esa sociedad.

Resultó incluso favorable que todo este desorden político fuera el gran reto al que respondieran desafiantes las grandes epopeyas, y que los largos cantos narrativos de los aoidoi que iban de un campo de refugiados a otro provocaran un ansia de unidad con el pasado en el seno de este pueblo, que de pronto se había vuelto nómada, pero que seguía anhelando recobrar certezas perdidas. Los poemas son balsas a las que se aferran hombres que se ahogan en el seno de mentes inadecuadas. Y es este factor, único, esta importancia de la poesía en medio de un caos devastador, la razón por la cual la conciencia griega florece y produce esa brillante luz intelectual que todavía ilumina nuestro mundo.

Este capítulo será un viaje narrado en el que conoceremos la literatura primitiva griega. Por desgracia, el material es escaso. Empezando con la Ilíada, nuestro viaje abarcará la Odisea y los poemas beocios atribuidos a Hesiodo para terminar en los fragmentos de los poemas líricos y elegíacos del siglo VII a.C. y un poco después. En este recorrido no les daré ninguna descripción del escenario. Lo pueden hacer mejor las buenas historias de la poesía antigua griega. Pero antes haremos unas breves excursiones preliminares, y en particular analizaremos más a fondo algunos términos parecidos a la “mente” que aparecen en la Ilíada. …