1.3. La mente de la Ilíada
HAY un momento dificultoso al culminar la vuelta de la Montaña Rusa; ocurre cuando, habiendo terminado de subir la curvatura interna, en la cual vemos una estructura firme de travesaños y rieles muy seguros, de pronto vemos que tal estructura desaparece, y nos vemos lanzados al cielo en la curva exterior hacia abajo.
Tal vez ése sea nuestro momento actual. Resulta que todas las opciones científicas que hallamos en la introducción, incluso mis propios prejuicios sobre la cuestión, todas nos aseguraron que la conciencia evolucionó por selección natural en algún momento, muy atrás en la evolución de los mamíferos, o antes. Tuvimos la seguridad de que al menos algunos animales eran conscientes, de que la conciencia estaba relacionada de modo muy importante con la evolución del cerebro y probablemente de su corteza y de que, indudablemente, el hombre primitivo fue consciente conforme aprendía el lenguaje.
Pero estas seguridades han desaparecido ahora, pues parece que nos encontramos arrojados al vacío de un problema muy nuevo. Si nuestro desarrollo impresionista de una teoría de la conciencia, presentado en el capítulo anterior, apunta siquiera en la dirección correcta, entonces la conciencia sólo podrá haber surgido en la especie humana, y tal fenómeno debe haberse presentado después del desarrollo del lenguaje.
Ahora bien, si la evolución humana fuera una continuidad ininterrumpida y simple, nuestro procedimiento o método en este punto sería estudiar la evolución del lenguaje, fechándolo lo mejor que pudiéramos. Procuraríamos entonces seguir la pista de la mentalidad humana, hasta alcanzar la meta de nuestra indagación, llegados a la cual podríamos afirmar conforme a un criterio u otro que allí, al fin, están el lugar y la fecha del origen y comienzo de la conciencia. …