Introducción – El problema de la conciencia

¡Oh, qué mundo de visiones no vistas y de silencios oídos es esta insustancial comarca de la mente! ¡Qué esencias inefables las de estas evocaciones incorpóreas y ensueños irrepresentables! ¡Y cuán íntimo todo aquello! Un escenario secreto de un monólogo sin palabras y de deliberación anticipadora, mansión invisible de todos los estados de ánimo, meditaciones y misterios, almacén infinito de frustraciones y descubrimientos. Todo un reino en que cada uno de nosotros es monarca solitario, que pregunta lo que quiere y que manda lo que puede. Una ermita escondida y secreta en donde podemos aislarnos para estudiar el atormentado libro de lo que hemos hecho y de lo que podemos hacer. Un cosmos interno que es más yo mismo que nada que pueda ver en el espejo. Esta conciencia que es mi ego de egos, que es todo, y sin embargo, no es nada, ¿qué es?

¿Y de dónde vino?

¿Y por qué?

Pocos interrogantes han estado en pie más tiempo o tenido una historia más llena de dudas y perplejidades que éste: el problema de la conciencia y el lugar que le corresponde en la naturaleza. A pesar de siglos de reflexiones y experimentos, de esforzarnos por conjuntar dos supuestas entidades que en una edad se llamaron espíritu y materia; sujeto y objeto en otra, o alma y cuerpo en otras más; a pesar de interminables razonamientos sobre las corrientes, estados o contenidos de la conciencia, de distinguir términos tales como intuiciones, datos sensoriales, lo dado, sentimientos en bruto, datos sensibles, presentaciones y representaciones, las sensaciones, imágenes y afectos de introspecciones estructuralistas, los datos evidenciales del positivista científico, los campos fenomenológicos, las apariciones de Hobbe, los fenómenos de Kant, las apariencias del idealista, los elementos de Mach, los faneros de Peirce, o los errores de categoría de Ryle, a pesar de todo esto, el problema de la conciencia sigue con nosotros. Hay algo en él que lo hace regresar, pero no lo resuelve.

Es la diferencia que no se irá, la diferencia entre lo que otros ven de nosotros y nuestro sentido de nuestros egos internos y los profundos sentimientos que la sostienen. La diferencia entre el tú y el yo del mundo conductual compartido y la imprecisable ubicación de las cosas sobre las que se ha pensado. Nuestras reflexiones y sueños y las conversaciones imaginarias que tenemos con otros, en las que de un modo que nadie conocerá jamás, excusamos, defendemos y proclamamos nuestras esperanzas y pesares, nuestros futuros y nuestros pasados, toda esta densa urdimbre de fantasía es tan totalmente diferente de realidad manejable, palpable, tangible con sus árboles, yerbas, mesas, océanos, manos, estrellas… ¡hasta cerebros! ¿Cómo es esto posible ¿Cómo es que estas existencias efímeras de nuestra solitaria experiencia embonan en el ordenado conjunto de la naturaleza, que de algún modo rodea y penetra esta esencia, este núcleo del conocimiento.

La humanidad ha tenido conciencia del problema de la conciencia casi desde el momento en que empezó la conciencia. Y cada edad la ha descrito según sus propios temas e intereses. En la edad de oro de Grecia, cuando los hombres viajaban con libertad mientras los esclavos trabajaban, la conciencia fue tan libre como eso. Heráclito, en particular, la llamó un espacio enorme cuyos límites, aún viajando a lo largo de cada uno de sus senderos, nunca se podrían encontrar.1 Mil años después San Agustín, que vivió entre las colinas de Cartago, donde abundan las cavernas, se asombraría ante “las montañas y colinas de mis muchas imaginaciones”, “las llanuras y grutas y cavernas de mi memoria” con sus nichos de “múltiples y espaciosas cámaras, maravillosamente amuebladas con innumerables cortinajes”.2 Obsérvese cómo las metáforas de la mente son el mundo que percibe.

La primera mitad del siglo XIX fue la era de los grandes descubrimientos geológicos en que se vio el registro del pasado, escrito en las capas de la corteza terrestre. Esto llevó a la popularización de la idea de que la conciencia se hallaba dispuesta en capas que registraban el pasado del individuo; las capas se volvían cada vez más profundas hasta que, finalmente, ya no se podían leer los registros. Este énfasis en lo inconsciente siguió en aumento hasta que, hacia 1875, la mayoría de los psicólogos sostuvo que la conciencia no era más que una pequeña parte de la vida mental, y que las sensaciones inconscientes, las ideas inconscientes y los juicios inconscientes constituían la mayor parte de los procesos mentales.3

Pero mediados del siglo XIX, la química tomó el lugar de la geología como ciencia de moda, y la conciencia, desde James Mill hasta Wundt y sus discípulos (tales como Titchener), fue la estructura compleja que se podía analizar en el laboratorio y descomponer en elementos precisos de sensaciones y sentimientos.

Y así como las locomotoras de vapor se abrieron paso, resoplando, y penetraron en el interior de la vida diaria de fines del siglo XIX, así también pugnaron por abrirse paso al interior de la conciencia de la conciencia, y entonces el subconsciente se convirtió en una caldera de energía que buscaba salidas y que cuando se le reprimía empujaba hacia arriba y hacia afuera, hacia la conducta neurótica y hacia el torbellino de realizaciones camufladas y de sueños que no llevan a ninguna parte.

No es mucho lo que podemos hacer respecto a estas metáforas, excepto declarar que eso es precisamente lo que son.

Ahora bien, originalmente, esta búsqueda en el interior de la naturaleza de la conciencia, fue conocida como el problema mente-cuerpo, tan lleno de ampulosas soluciones filosóficas. Pero a partir de la teoría de la evolución se ha desnudado y se ha convertido en cuestión más científica; se ha transformado en el problema del origen de la mente, o, más concretamente, en el origen de la conciencia dentro de la evolución. Esta experiencia que analizamos introspectivamente, este compañero constante de enjambres de asociaciones, esperanzas, temores, afectos, conocimientos, colores, olores, dolores de muelas, emociones, cosquilleos, placeres, desgracias y deseos, ¿dónde y cuándo pudo, dentro de la evolución, evolucionar, desarrollar esta maravillosa urdimbre de experiencia interna? ¿Cómo podemos derivar de la simple materia esta interioridad, esta esencia? Y, en todo caso, ¿cuándo?

Este problema ha estado en el centro mismo del pensar del siglo XX: por eso sería bueno echar un vistazo a algunas de las soluciones que se han propuesto. Mencionaré brevemente las ocho que a mi juicio son más importantes. …