3.6. Los augurios de la ciencia
EN ESTOS pocos y heterogéneos capítulos del libro III he tratado de explicar lo mejor que me ha sido posible cómo ciertos rasgos de nuestro mundo reciente, en particular las instituciones sociales de oráculos y religiones y los fenómenos psicológicos de posesión, hipnosis y esquizofrenia, así como algunas manifestaciones artísticas tales como la poesía y la música, como todo esto se puede interpretar en parte como vestigios, como residuos de una organización anterior de la naturaleza humana. En ningún sentido se pueden considerar como un catálogo completo de las proyecciones posibles actuales salidas de nuestra mentalidad pasada. Simplemente son algunas de las más obvias. Y el estudio de su interacción con la conciencia en desarrollo que continuamente las sitiaba nos permite una comprensión que de otra manera no tendríamos.
En este capítulo, el último, quiero volver a la ciencia misma y señalar que también ella, e incluso todo mi ensayo, se pueden ver como una respuesta a la desaparición de la mente bicameral. Porque ¿cuál es la índole de esta bendición de certeza que la ciencia busca tan tesoneramente en su incansable batallar con la naturaleza? ¿Por qué hemos de querer que el universo se nos manifieste con claridad? ¿Qué nos importa? ¿Por qué?
Indudablemente, una parte del impulso de la ciencia no es más que curiosidad, conocer lo desconocido mirar lo antes no visto. Todos somos niños que viven en lo desconocido. No nos deleitamos en las revelaciones del microscopio electrónico o en los quarks o en la gravedad negativa de los agujeros negros que hay entre las estrellas como reacción a la pérdida de una mentalidad anterior. La tecnología es una segunda fuerza aún más sostenedora del ritual científico, que lleva hacia adelante su base científica, por entre la historia de la humanidad, movida por su propio e incontrolable impulso, cada vez más vigoroso. Y es probable que una escondida estructura áptica que controle la caza y el deseo de circunscribir los problemas, agregue sus efluvios motivacionales a la búsqueda de la verdad.
Pero por encima y más allá de estas y otras causas de la ciencia ha estado algo más universal, algo que no se menciona, que no se expresa en esta época de especialización. Es algo sobre el entender la totalidad de la existencia, la realidad definidora esencial de las cosas, el universo entero y el lugar del hombre en él. Es un andar a tientas entre las estrellas en busca de respuestas finales, es un vagabundeo entre lo infinitesimal en busca de lo infinitamente general, una peregrinación más y más profunda en lo desconocido. Es una dirección cuyos lejanos comienzos entre las brumas de la historia puede verse claramente en la búsqueda de directivas perdidas en la desaparición, en el desvanecimiento de la mente bicameral.
Es una búsqueda que es obvia en la literatura de presagios de Asiria, donde, como vimos en II.4, empezó la ciencia. Es también obvia apenas medio milenio después cuando Pitágoras buscaba en Grecia las perdidas invariantes de la vida en una teología de números divinos y de sus relaciones, con lo cual empezó la ciencia de las matemáticas. Y así a lo largo de dos milenios, hasta que, con una motivación no diferente, Galileo llama a las matemáticas el lenguaje de Dios, o Pascal y Leibniz, haciéndose eco de él, dicen que oyen a Dios en la imponente rectitud de las matemáticas. …