3.1. La busqueda de la autorización

POR FIN nos hallamos en una posición que nos permite dirigir la vista hacia atrás, contemplar la historia de la humanidad en este planeta y comprender por vez primera algunas de sus características sobresalientes a lo largo de los últimos tres mil años, considerándolas como vestigios de una mentalidad previa. Desde nuestra posición, la historia humana se contempla en toda su grandeza. Debemos ver al hombre poniendo como trasfondo toda su evolución; así visto, sus civilizaciones, inclusive la nuestra, no son más que simples cumbres de una cordillera que se destacan contra el cielo; desde estas alturas debemos proyectarnos intelectualmente y formarnos una imagen correcta de sus contornos. Desde este mirador, un milenio es un lapso demasiado breve para que haya ocurrido el trascendental cambio de la bicameralidad a la conciencia.

Nosotros, en este final del segundo milenio d.C., en cierto sentido seguimos inmersos en esta transición hacia una nueva mentalidad. Pero a nuestro alrededor se ven por doquier los restos de nuestro pasado bicameral, tan reciente. Tenemos nuestras mansiones de dioses que registran nuestros nacimientos, nos circunscriben, nos casan y nos sepultan, que reciben nuestras confesiones e interceden ante los dioses para que perdonen nuestros pecados. Nuestras leyes están basadas en valores que sin su fundamento divino quedarían sin materia y sin sanción. Nuestros himnos y lemas nacionales suelen ser invocaciones a la divinidad. Nuestros reyes, presidentes, magistrados y funcionarios toman posesión de sus cargos jurando y protestando ante deidades hoy día silentes y sobre los escritos mismos de aquellos que las oyeron por última vez.

El residuo más obvio e importante de la mentalidad previa es, pues, nuestra herencia religiosa en toda su laberíntica belleza y variedad de formas. La abrumadora importancia de la religión, tanto en la historia general del mundo como en la historia del mundo del individuo medio es innegable, clarísima desde un punto de vista objetivo, pese a lo cual el concepto científico del hombre suele no aceptar de buen grado este hecho tan obvio. Porque a pesar de cuanto la ciencia materialista y racionalista ha dado por sentado desde la Revolución Científica, la humanidad considerada en conjunto no ha renunciado, quizá porque no ha podido, a la fascinación que sobre ella ejerce algún tipo de relación del hombre con algo mayor y total, algún mysterium tremendum, dotado de poderes e inteligencia que están más allá de todas las categorías del hemisferio izquierdo, de algo que por necesidad es indefinido y desdibujado, a lo cual se acerca uno y siente pasmo y admiración, no como un concepto claro, sino como algo que según los individuos religiosos modernos se comunica o se hace sentir mediante verdades de sentimiento y no en lo que puede ser verbalizado por el hemisferio izquierdo, y lo que en esta época nuestra se siente con más verdad cuanto menos se le nombra, un modelo de yo y de sobrenaturalidad o misterio, diferente de aquello de que en nuestros momentos más negros ninguno de nosotros escapa, a pesar de que el sufrimiento incomparablemente menor de la toma de decisiones dio origen a esa relación hace tres milenios. …