3.4. La hipnosis

SI LE pidiera yo al lector que el vinagre le supiera a champaña, que sintiera placer cuando le encajan un alfiler en el brazo, que mirara fijamente en la oscuridad y contrajera las pupilas como si tuviera enfrente una luz fuerte, o que aceptara de buen grado algo que ordinariamente no cree, pensaría que tales cosas son imposibles, o punto menos. Pero si previamente, y por medio de procedimientos de inducción, lo pongo en trance hipnótico, realizará todo lo anterior con sólo que yo se lo pida y sin ningún esfuerzo.

¿Por qué? ¿Cómo es posible que exista tal capacitación supererogatoria?

Cuando pasamos de la familiaridad de la poesía a la rareza de la hipnosis, sentimos que nos hallamos en un terreno muy diferente. Esto se debe a que la hipnosis es la oveja negra de los problemas que son la materia de la psicología. Vagabundea y entra y sale de los laboratorios, de los carnavales y clínicas y de los teatros de pueblo como si fuera una anomalía indeseable. Parece que nunca madurará y se decidirá a entrar a los terrenos firmes de la teoría científica. El caso es que la sola posibilidad de su existencia parece negar nuestros conceptos inmediatos sobre, por una parte, el autocontrol consciente, y por la otra, nuestras ideas científicas sobre la personalidad. Pero es preciso destacar que cualquier teoría de la conciencia y de su origen, si queremos que sea completa, responsable, deberá enfrentar las dificultades y problemas de este desviado tipo de control de la conducta.

Creo que será obvia mi respuesta a la pregunta inicial: ¿la hipnosis puede causar estas facultades extraordinarias porque en ella interviene el paradigma bicameral general que permite un control más absoluto sobre la conducta del que es posible con conciencia?

En este capítulo llegaré al extremo de sostener que ninguna otra teoría tiene sentido en cuanto al problema básico. Porque si nuestra mentalidad actual es, como supone la mayoría de la gente, una característica inmutable determinada genéticamente evolucionada en alguna parte de la evolución de los mamíferos, o tal vez antes, ¿cómo es posible que la hipnosis la altere a ese grado? Y esta tan grande alteración, ¡debida tan sólo a una insignificante intervención de otra persona! Estas alteraciones de la mente sólo empiezan a tener sentido si rechazamos la hipótesis genética y tratamos a la conciencia como una capacidad cultural aprendida y sobrepuesta al sustrato vestigial de un tipo más autoritario de control conductual.

Evidentemente, la estructura central de este capítulo será mostrar lo bien que embonan en la hipnosis los cuatro aspectos del paradigma bicameral. Pero antes, quiero mostrar con claridad una característica importantísima de cómo empezó la hipnosis. Se trata de lo que destaqué en los capítulos I.2 y II.5, o sea, la fuerza generadora de la metáfora en la creación de una mentalidad nueva. …